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El primer cronista de la ciudad de Soria en el siglo XVII, Miguel Martel, menciona al igual que Francisco Mosquera de Barnuevo el colegio de jesuitas de esta ciudad, fundado "por dos señoras hermanas de la casa de los Torres" con doce estudiantes pobres y donde "hay un estudio de latín de grande institución y provecho para la juventud de toda aquella tierra y comarca, al igual que vienen de Navarra y Aragón". Así mismo lo cita Pedro Tutor y Malo (1.690) destacando la importancia de su fábrica de sus estudios de Artes, Teología, Moral y Gramática y sus hombres distinguidos y conocidos por don Francisco de Mosquera en las universidades de Alcalá, Valladolid y Salamanca, tanto religiosos como seglares.

 
Según el padre Pedro la fundación del colegio de jesuitas de Soria comenzó cuando el padre jesuita soriano Juan Bautista llegó de Valladolid para predicar una misión en esta ciudad. Dicha misión dio sus frutos, pues doña Juana y doña María de Mendoza, hijas de un caballero principal de Soria, D. Juan de la Torre Mendoza (sin duda las que aluden tanto Martel como Mosquera) movidas por la predicación ofrecieron sus bienes en herencia para el establecimiento de un colegio de jesuitas en Soria.

 
Sin embargo, en un principio dichos bienes no fueron aceptados, pero el 1 de junio de 1.575 llegaron a Soria algunos jesuitas que se albergaron en la iglesia de Nuestra Señora del Espino y allí comenzaron su ministerio, lugar que abandonaron para instalarse más cerca del centro de la ciudad y asegurarse la condición de vecinos, en la ermita de San Sebastián (entre el convento de Santa Clara y Nuestra Señora del Espino). Dos años más tarde, el 5 de septiembre de 1.578 se pasaron a unas casas de Hernando de San Clemente, vecino de la ciudad y sin que hayamos podido averiguar los motivos de no aceptar los bienes de las hermanas Mendoza, el 19 de mayo de 1.576 doña Juana de Mendoza hizo donación, cesión y traspaso de sus bienes para dotar al colegio de la Compañía de Jesús en la ciudad de Soria, así como doña Juana de Toledo, doña María de Mendoza y don Francisco de Mostajo, ante el escribano Alonso Ramírez, entregando estas escrituras el 9 de noviembre del mismo año, en presencia del alcalde de Soria, el licenciado Villanueva de Santa Cruz y el padre rector del colegio don Pedro Osorio, en representación del padre provincial de Castilla.
 

Con esta entrega y atendiendo a las normas de las Constituciones jesuíticas, según Bartolomé Bernabé, se puede considerar como "el momento fundacional del colegio de Soria".
   

La primitiva fábrica del colegio, ubicado en la actualidad entre la nobiliaria calle de la Aduana Vieja, la plaza del Vergel y las calles de Estudios y Teatinos, comenzó en el año 1.577, invirtiéndose en la compra del solar y en la construcción de paredes y capilla la hacienda y primera donación de las hermanas.

 
Es muy poco lo que sabemos de esta primera construcción, únicamente las noticias que proporciona don Pedro Tutor y Malo en 1.690 (Pedro Tutor y Malo, Compendio historial de las dos Numancias, pág. 250) al referirse a la iglesia de "rara fábrica de madera a lo antiguo, y tiene dos colaterales en la capilla mayor, con muchas urnas de singulares reliquias".

 
Seguramente la primitiva construcción de este edificio en el siglo XVI, necesitó, tal como indica don Pedro Tutor y Malo y en documento de la señora Manrique una remodelación y ampliación que debió efectuarse en el siglo XVII.

 
El colegio fue inaugurado en 1.585 con una misa oficiada por el prior don Fernando de. El centro constaba de cuatro aulas generales donde se enseñaba latín, retórica y teología moral, aulas de primeras letras que sufragaba el ayuntamiento con un sueldo anual de 3.200 reales, librería, habitaciones con enfermería y botica, refectorio, despensa y graneros.

 
Este primer edificio no duró mucho tiempo puesto que el 22 de abril de 1.740 un incendio lo destruyó quedando, según don Nicolás Rabal (282-284), reducido a cenizas a excepción de las aulas de gramática y filosofía y parte de la portería contigua a ellas. El entonces rector don Cipriano de Alba, junto con el resto de los frailes, fueron acogidos en el convento de San Francisco. El marqués del Vadillo también les ofreció su hospitalidad, ofreciéndoles algunas de sus casas cerca de la iglesia de San Juan de Rabanera, frente a su morada.

 
Muy pronto sobre el mismo solar, y con mayor grandeza y esplendor, los jesuitas volvieron a levantar su nuevo colegio, en una época de gran auge para la Compañía, que tenía incluso arquitectos propios para la construcción y reparación de sus obras, de ahí los caracteres similares que ofrecen todas ellas, con una base barroca, pero descargadas de adornos y exuberancias. En el acta del archivo del Ayuntamiento correspondiente al 25 de junio de 1.740 se dice que la planta y traza del nuevo colegio de jesuitas fue realizada por un maestro de obras de Loyola y otro de Tudela.

 
Sin embargo, no se llegó a concluir toda la obra, tan solo el colegio. De la iglesia que se comenzó a edificar en el lado norte, donde se habían colocado tres arcos formeros (Rabal, págs. 282-284). Cuando se promulgó el decreto de expulsión de los jesuitas, suscrito por Carlos III el primero de abril de 1.767, interrumpiéndose, por ello, las tareas de construcción. Dos días más tarde se cumplía en Soria la orden real por mano de don José Rey Villar de Francos, Intendente y Corregidor de la ciudad, con don Francisco Herrera Tejada, quienes cerraron el colegio, enviando a los religiosos al puerto de Santander para su posterior traslado a Italia. Sus posesiones y tierras fueron subastadas. La abundante biblioteca que había sido donada en parte por el prior Padilla pasó a la universidad de Santa Catalina del Burgo de Osma (hoy se encuentra en el Seminario de El Burgo de Osma).

 
El colegio de Soria, que fue pobre en sus comienzos superó sus dificultades y llegó a poseer cuantiosas e importantes propiedades. Según Loperráez (136-137) sus rentas anuales ascendían en el momento de la expulsión a 20.000 reales, deducidas las cargas, rentas, etc.

Después de la expulsión, en Soria se formó, de acuerdo con la Real Cédula del 14 de agosto de 1.768 la Junta de Temporalidades, administrada por don Antonio Pérez de Rioxa, encargada de cobrar a los acreedores, distribuir las rentas entre el cabildo colegial, los maestros y los gastos de administración y conservación de todos aquellos bienes. Las alhajas y vasos sagrados pasaron a la colegiata y las tierras se subastaron públicamente.

 
A partir de la marcha de la Compañía no cesaron las solicitudes para la consecución del edificio y los primeros en hacerlo fueron el Deán y cabildo de San Pedro, quienes el 14 de febrero de 1.768 pidieron al Real Consejo de su Majestad, a través del conde de Aranda que les concediese el colegio de jesuitas para construir una nueva colegiata, aduciendo que la existente estaba muy lejos y en lugar frío, pero el 21 de mayo de 1.769 el Real Consejo se pronunció a favor de convertirlo en casa de reales estudios de primeras letras, gramática y retórica, con viviendas para profesores y un sector dedicado a pensión. El cabildo siguió insistiendo en el tema de cambiar la colegiata, proponiendo hacer en la ya existente un hospital o un hospicio, lo que hubieran logrado a no ser por la intervención contraria de don Bernardo Antonio Calderón, quien dio al Consejo de su Majestad informes negativos del cabildo. Con esto se favoreció una tercera opción, la de don José Díez que quería el edificio para instalar en él una escuela de hilazas y telares, de medias y estambres, cosa que consiguió por Real Cédula el 6 de febrero de 1.779, si bien sólo ocupó parte del colegio.
        

Duró la fábrica de hilados hasta el 26 de octubre de 1.782 en que la Real Sociedad de Amigos del País instaló una escuela de educandas que se mantuvo hasta 1.808, cuando fue interrumpida por la guerra de la Independencia, pasando a convertirse en cuartel y hospital de tropas, siéndolo también en las guerras carlistas. Además y según Bernabé Bartolomé (pág. 209) el Real Consejo instaló una casa de pupilaje para estudiantes y maestros, que no llegó a abrirse, aunque sí las tres escuelas y las habitaciones para los maestros.

 
En la actualidad conserva únicamente la fachada de sillar y el claustro del piso bajo, obra a nuestro parecer de la remodelación del siglo XVIII.
 

La portada principal, abierta en un lateral de la fachada noroeste ofrece una puerta adintelada y moldurada con baquetones de oreja entre pilastras cajeadas con capiteles compuestos, entablamento con ménsulas decoradas con rosetas, rematadas con flameros y pequeña ventana baquetonada igualmente en oreja y entrecajeadas coronada por un frontón triangular partido, con un tímpano con rosetas. El escudo de Carlos III con el toisón de oro completa el conjunto (este escudo debió de sustituir al de jesuitas después de la expropiación).

 
El claustro en torno al cual se centra el edificio es cuadrangular con más de 31 metros de longitud por cada lado, presente vanos de arco de medio punto y se cubre con bóvedas de arista en tramos separados por fajones semicirculares rebajados, que se apoyan en pilastras y ménsulas recortadas.

 
También del siglo XVIII parece ser la zona del muro noreste donde se encuentra otra entrada de traza muy simple en arco de medio punto rebajado que comunica a través de una escalera (moderna) con el claustro, así como con una estancia de amplias dimensiones que presenta planta rectangular cubierta con bóveda de cañón con lunetos, separados por arcos fajones rebajados, que terminan en ménsulas con molduras de listón. En el inicio de esta gran sala se encuentra un arco semicircular de grandes dimensiones que apoya en dos pilastrones con una moldura cóncavo-convexa a modo de capitel. En el muro suroeste se abren siete ventanas adinteladas de derrame interno, las más antiguas colocadas en alto y las más modernas a nivel del suelo.

 
El 22 de noviembre de 1.840 se produce la apertura del extinguido colegio de jesuitas como universidad de Santa Catalina (Carmelo, 147) coincidiendo con el trienio esparterista. La Junta Provincial creada en Soria después de la revolución de 1.840 veía en esta universidad un foco de absolutismo que podía hacer peligrar la libertad recién adquirida (Fondos, 246).Patio Interior
 

El 22 de noviembre de 1.840 se procedió a la solemne apertura e inauguración del colegio-universidad y Seminario conciliar del obispado de Osma en la ciudad de Soria, establecimiento de enseñanza, que dos meses más tarde se convirtió en Instituto Provincial de Segunda Enseñanza de Soria, por razón de la Real Orden de 11 de febrero de 1.841. Quizá esta transformación se deba (Concha) a la política de los gobiernos liberales de la época, que utilizaron también la enseñanza como instrumento político de adoctrinamiento desde el poder, aunque justificaron sus reformas por la necesidad de orientar la instrucción pública hacia la consecución de los intereses ideológicos, políticos, sociales y económicos de la incipiente burguesía liberal española. La nueva legislación educativa, puesta en marcha primero en el plan general de instrucción pública del duque de Rivas (4-8-1.836) y después en la ley de Someruelos respondía a estos intereses, sobre todo en la enseñanza secundaria, destinada a completar la educación general de las clases acomodadas o a prepararlas para continuar sus estudios en las universidades. Esta nueva filosofía exigía también nuevos establecimientos docentes, de ahí la creación, según el plan del duque de Rivas, de los institutos de segunda enseñanza, que seis años después de su publicación se habían implantado en toda la geografía española.

 
El Instituto de Soria empezó a funcionar en los cursos 1.841/42 y 1.842/43 como lo demuestran las referencias que a él se hacen en el boletín oficial de la provincia del 26 de agosto de 1.842 sobre convocatoria de exámenes presentada por el director don Blas Ranz Yagüe, de acuerdo con la junta de catedráticos, y que continúa en el del 7 y 9 de septiembre del mismo año, así como en el del 26 de octubre del mismo año, pero con una gran provisionalidad, debido, sobre todo, a su débil situación económica que obligó a la Diputación a proponer el 2 de junio de 1.843 al Regente del reino un plan de reforma y saneamiento económico para el siguiente curso, lo cual queda publicado en el boletín oficial de la provincia de 24 de julio de dicho año.

 
Sin embargo y a pesar de los afanes de la Diputación Provincial para poder continuar con el Instituto el curso 1.843/44, se recibió orden del gobierno provincial aprobando la disposición de la Junta Superior de Gobierno de 22 de julio "disponiendo que mientras la Diputación no proponga arbitrios positivos y libres de toda reclamación para sostener el establecimiento, permanecerá en estado de suspensión ...".
 

Por estas razones, durante los cursos 1.843/44 y 1.844/45 el Instituto permaneció cerrado, aunque la Diputación y las fuerzas vivas de la ciudad continuaron trabajando para acumular nuevas rentas, renovar las antiguas y reclutar profesores, de tal modo que cuando se publica el nuevo plan general de estudios de 17 de septiembre del 45, con cinco cursos para las enseñanzas medias y la correspondiente colación de grados de bachiller en filosofía, todo estaba dispuesto para que el centro pudiese abrir de nuevo sus puertas, a pesar de la petición de la villa del Burgo y algunas otras que solicitaron a la reina el 21 de octubre del 45 la ubicación del Instituto en dicha villa, pero esta petición no fue aceptada y el Instituto de Soria pudo inaugurar el curso el 1 de noviembre de 1.845, siendo su director don Vicente Arnau.

 

 


Sin embargo el renacer del Instituto de Soria, se debió principalmente a la actividad desplegada por don Sergio de Moya, doctor en teología y profesor de la universidad de Valladolid, que fue nombrado director del Centro para el curso 1.846/1.847, sustituyendo al Sr. Arnau, quien no veía muy claro el futuro del mismo, a diferencia de Moya, quien en la memoria del Instituto de 1.848 manifiesta su reconocimiento a todos los que estaban contribuyendo con su ayuda, entre ellos la Junta Inspectora, para poder realizar importantes planes de reformas como la creación de un jardín botánico, museo de ciencias naturales, biblioteca, mejora de aulas e incluso, la del "local de corrección de los alumnos, donde los castigados gozasen de comodidad compatible con el encierro".

 

 

 
Pese a todo, todavía sin lograr estos propósitos, llegó un Real-Decreto el 4 de septiembre de 1.850 por el que "reducía el Instituto de Soria a segunda categoría", es decir, quedándose sin el quinto curso y si poder otorgar el grado superior de bachiller en filosofía, pero rápidamente la Junta Inspectora elevó una súplica a la reina Isabel II comprometiéndose además los profesores a trabajar incluso con la "merma de su economía", consiguiendo con gran rapidez una respuesta favorable y el curso de 1.850/51 continúa el Instituto siendo de 1ª categoría

 
Hasta 1.857/58 el Instituto de Soria dependía de la universidad de Valladolid, pero a partir del 9 de septiembre de 1.857 con la ley de Instrucción conocida por ley Moyano pasa a depender de la de Zaragoza, bajo la dependencia directa de la Dirección General de Instrucción Pública.

El Instituto General y Técnico de 1907 se denomina, desde la Orden de 21 de septiembre de 1967, Instituto "Antonio Machado" de Soria. Aquí inicio su magisterio como Catedrático de Lengua francesa en el curso 1907-1908, a los 32 años de edad, el profesor D. Antonio Machado Ruiz que impartió docencia a estudiantes de Bachillerato que tenían entre 13 y 15 años. El viejo caserón de los jesuitas ya era un símbolo en nuestra ciudad

El primer cronista de la ciudad de Soria en el siglo XVII, Miguel Martel, menciona al igual que Francisco Mosquera de Barnuevo el colegio de jesuitas de esta ciudad, fundado "por dos señoras hermanas de la casa de los Torres" con doce estudiantes pobres y donde "hay un estudio de latín de grande institución y provecho para la juventud de toda aquella tierra y comarca, al igual que vienen de Navarra y Aragón". Así mismo lo cita Pedro Tutor y Malo (1.690) destacando la importancia de su fábrica de sus estudios de Artes, Teología, Moral y Gramática y sus hombres distinguidos y conocidos por don Francisco de Mosquera en las universidades de Alcalá, Valladolid y Salamanca, tanto religiosos como seglares.

 
Según el padre Pedro la fundación del colegio de jesuitas de Soria comenzó cuando el padre jesuita soriano Juan Bautista llegó de Valladolid para predicar una misión en esta ciudad. Dicha misión dio sus frutos, pues doña Juana y doña María de Mendoza, hijas de un caballero principal de Soria, D. Juan de la Torre Mendoza (sin duda las que aluden tanto Martel como Mosquera) movidas por la predicación ofrecieron sus bienes en herencia para el establecimiento de un colegio de jesuitas en Soria.

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